Religiones y Otros

Religiones y otros.

En general todas las religiones tienen su propia doctrina sobre quienes somos, de donde venimos y adónde vamos. Este “adónde vamos” sería el objetivo trascendente o Fin Último de los hombres, de cada hombre. Y también suelen ser creadores de éticas, normas y mandamientos, que dicen lo que hay que hacer y omitir para conseguir el Fin Último o Bien Supremo.

Pero ocurre que todas o casi todas las normas de todas o casi todas las religiones, son, a la vez, normas que favorecen la consecución de objetivos parciales naturales. Y que coinciden con las normas y mandamientos de las éticas de los no creyentes. Es más, las religiones han sido, generalmente, las creadoras o reforzadoras de las normas morales que han regido, y rigen aún, los comportamientos “materiales” individuales y grupales.

Según sus creyentes, estas éticas o normas morales de las distintas religiones pueden haber sido dictadas, reveladas o inspiradas, por el Dios, los dioses, o sus equivalentes, de las distintas religiones y “sabidurías”.  Pero en cualquier caso reflejan intentos de los distintos grupos humanos para explicitar fines y métodos que sirvan de objetivos y normas para la vida individual y la convivencia grupal.  Y han sido las religiones uno de los elementos más importantes, o el mas importante, para facilitar la gobernabilidad de los grupos humanos y su cohesión, tanto inter-grupo, como en la convivencia y relación entre grupos y colectivos diferentes. Y también han sido causa o pretexto de luchas y desavenencias doctrinales y físicas.

Son pues muy importantes para nuestras ideas, los antecedentes sobre ellas existentes en las distintas religiones. Obviamente conozco mejor las del Libro que las más orientales o las de tribus primitivas.

El Génesis y los Evangelios

He dicho en alguna parte que si mis ideas son ciertas como creo, la Biblia es el libro de ciencia que primero las ha publicado.  Aunque nadie, que yo sepa, las ha explicitado todavía en lenguaje operativo.  Y están clarísimas. Copio porque es muy breve:

Gen.I.22: Creó Dios a los peces y a las aves. Y los bendijo diciendo: “Creced y multiplicaos, y henchid las aguas del mar y multiplíquense las aves sobre la tierra”

Gen. I, 27-28: “Creó pues Dios al hombre a imagen suya: varón y hembra los creó. Y les echó Dios su bendición, y les dijo: Creced y multiplicaos y henchid la tierra.

No puede estar mas claro el imperativo vital a animales, según sus especies, y al Hombre. A todos les dio un único y prioritario mandato: Que vivan y se reproduzcan  hasta llenar la tierra. Que pervivan en el tiempo: Que supervivan.

Con los incidentes del pecado original no quedan muy claras las instrucciones a Adán y Eva para que sobrevivan, pero sí parece encargarles que cuiden de lo creado. Y crea la familia y con ello el Hombre será un ser social. Un ser que para convivir debe llevarse bien. A Noé y familia les repite el mandato de crecer y multiplicarse (Gen. IX, 1). En cuanto a cómo portarse, parece que durante todo el periodo del Antiguo Testamento Yahvé-Dios tiene que estar muy al tanto. Y bien directamente, con mandamientos y recomendaciones, o a través de ángeles, sabios y profetas, ir educando a los hombres sobre los pecados a evitar y las virtudes a ejercer.

Hasta que Jesús, manteniendo “la Ley y los profetas”, refunde todas las virtudes para la convivencia en el prioritario mandamiento del amor. Que además es el mejor y más eficaz método para para supervivir individual y grupalmente. Y además Jesús les recuerda que lo importante son los prójimos, los otros. Que todos los hombres somos hermanos, y que cada uno tenemos la obligación de amar a todos los demás. Convierte el Estado ideal de Platón en la Humanidad real. De hombres iguales. San Pablo remacha que, para Jesús, ya no hay judíos ni griegos. Y que los esclavos, aunque sean esclavos y siervos, también son hermanos. Y San Agustín llega a decir: Ama y haz lo que quieras. Esta es nuestra segunda idea: el altruismo amplio.

De lo anterior se deduce el principio ético universal: Es bueno/mejor lo que, hecho con amor, sea bueno para que la humanidad crezca y se multiplique y llene la tierra”. Queda al cuidado del Hombre (con mayúscula) decidir cuándo está llena la Tierra y cómo hay que tratarla a ella y a sus criaturas. Para que todas, o las más posibles, crezcan y se multipliquen también. Y para ello cuanto más felices vivan todos mejor: dicen los biólogos, los etólogos y Darwin. Y los hombres de buena voluntad.

Después de esto, la única justificación que se me ocurre para que los teólogos, y los creyentes en general, no hayan visto las ideas básicas, es que unos y otros están pensando solamente en la vida celestial. Sin embargo, tanto Yahvé-Dios como Jesús  han dejado claro el mandato prioritario para esta vida material: se trata de supervivir amando. Y lo que se haga, y cómo se haga, vale para las dos vidas.

Marbella, 2.9.2018. Revisado el 5.10.18

Documento de la Comisión Teológica Internacional

2008

En diciembre de 2008 la Comisión Teológica Internacional aprobó el documento: “En busca de una ética universal: un nuevo modo de ver la ley natural” (Trigo, 2010).  Este trabajo lo había encargado en 2004, con la anuencia del Papa Juan Pablo II, el cardenal Joseph Ratzinger entonces presidente de la Comisión.

Este importante documento recoge casi todo lo que existe sobre una ética universal: las convergencias de las sabidurías y las religiones del mundo, los valores morales, los fundamentos teóricos de la ley natural y sus posibles aplicaciones. Y según dice en la introducción Monseñor Ladaria, entonces Secretario y hoy Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “…en una época en que parece que el relativismo es de ley, que es ilusorio hablar de verdades universalmente válidas, surge en muchos la pregunta de si no podemos los hombres llegar a formular unas normas para el recto obrar que puedan ser reconocidas por todos”. 

El Documento concluye que esta base es la ley natural o ley moral inscrita en el corazón de los hombres. Dice en el punto 69 que: “El concepto de ley natural supone la idea de que la naturaleza es, para el hombre, portadora de un mensaje ético, y constituye una norma moral implícita que la razón humana establece en acto.”

En resumen, el documento deja clara la existencia de una ley natural común a todos los hombres. Dice que no es extática en su expresión y que el cristianismo no tiene el monopolio de su interpretación. Y ofrece su contribución a la búsqueda de una ética universal.

Pero a pesar de la urgencia y la importancia que se dio a este trabajo el documento no tuvo la repercusión esperada. Posiblemente una de las causas de esta baja repercusión es que la Comisión no encontró ni propuso una ética universal. Creo que ni siquiera la buscó. Buscaban una base para dialogar sobre virtudes comunes. No sobre el fin u objetivo natural del Hombre. Sin embargo, tuvieron en la mano la idea básica e incluso  casi la explicitaron sin darse cuenta. Luego lo vemos.

Por mi parte, desde el año 2000 en que escribí la nota inicial, hasta el 2013, no me había atrevido a difundir la idea básica. Una de las causas de este temor eran las dudas sobre si mis hipótesis contendrían errores graves en relación con las teorías científicas en vigor y con las doctrinas de la Iglesia. Y sobre la conveniencia de difundirlas aunque fueran ciertas. La lectura del Documento, y de la Introducción de Mons. Ladaria, me decidieron a publicar mi primer libro.

Como digo, el Documento casi contiene explícita la idea básica. Está en el apartado que dedica a “El descubrimiento de los preceptos de la ley natural”.  Y se apoya en Santo Tomás (Summa, q.94, a.2). Copio el punto 46 del documento:

 “Se distinguen tradicionalmente tres grandes conjuntos de dinamismos que actúan en la persona humana. El primero, que comparte con todos los seres, comprende esencialmente la inclinación a conservar y desarrollar la propia existencia. El segundo, común a todos los seres vivos, incluye la inclinación a reproducirse para perpetuar la especie. El tercero, que le es propio como ser racional, comporta la inclinación a conocer la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad”

 Y la Comisión dedica el siguiente epígrafe 2.4. titulado “Los preceptos de la ley natural” a desarrollar lo anterior. Resumo:

  1. “Hemos identificado en la persona humana, una primera inclinación, que comparte con todos los seres: la inclinación a conservar y a desarrollar la propia existencia”. Y a partir de aquí desarrolla la actividad de los hombres para conservar la propia vida.

Nota.  Dice para terminar una idea interesante:” …al deber de preservar la propia vida corresponde el correlativo derecho de exigir aquello que es necesario para su conservación en un ambiente favorable”. Comento luego esta idea. 

49.- “La segunda inclinación que es común a todos los seres vivos, se refiere a la supervivencia de la especie” Esto es la idea básica 

La Comisión no ve la singularidad de esta “inclinación” y la diluye entre las otras inclinaciones. Aunque por otra parte la justifica y magnifica de dos formas:

“Si la perpetuidad de la existencia biológica es imposible para el individuo, es posible para la especie, y de este modo, en cierta medida, se supera el límite inherente a cada ser físico.” Y sigue:

“El bien de la especie aparece así como una de las aspiraciones fundamentales presentes en las personas”. Y añade:

“Hemos tomado conciencia de ello de un modo particular en nuestro tiempo, cuando ciertas perspectivas como el calentamiento climático reavivan nuestro sentido de  responsabilidad  frente al planeta como tal y frente a la especie humana en particular”. 

En cuanto al tercer conjunto de inclinaciones (a conocer la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad) dice en el punto 50 que. “…es específico del ser humano como ser espiritual-dotado de razón.”   Y dice en el 51 que: “A estas tendencias específicas del hombre corresponde la exigencia, advertida por la razón, de realizar concretamente esta vida de relación, y de construir la vida de sociedad sobre bases justas que correspondan al derecho natural”.

Y dedica el resto del epígrafe a la dignidad de los hombres, a la ética de la reciprocidad:  “ No hagas a los demás aquello que no quieras que te hagan a ti” y a los valores  morales que facilitan la convivencia en sociedad. Y que son inmutables y universales y que, por ello, pueden servir para: ”… basar un diálogo en vistas a una ética universal” 

Creo que lo que dice el Documento de la Comisión Teológica Internacional es verdadero, útil y bien intencionado. Lo resumo en dos párrafos, si lo he entendido:

  1. Existe en cada hombre una ley natural – una programación genética, epigenética o como sea- con las normas de comportamiento a seguir como ser vivo y miembro de una especie social.
  2. Estas normas naturales implícitas, mas o menos conocidas y conocibles de forma explícita, le mueven o impelen a tener el mejor comportamiento posible para la supervivencia y el bienestar, tanto propios como de sus prójimos. Y son el origen de las virtudes sociales.

Nota adicional. Cada hombre sigue y puede seguir estas normas de forma automática, instintiva y razonada según los objetivos a conseguir, las distintas tareas vitales a realizar y los distintos grados de libertad que tiene para cada una de ellas.

En resumen, parece claro que nuestras ideas, tanto la básica como el altruismo amplio, están explícitas aunque no resaltadas en el Documento de la Comisión. Y en lo dicho por Santo Tomás sobre la ley natural y por San Agustín sobre el amor.

Creo que si la Comisión no “vio” la idea básica es porque no la buscaba. Tal vez por su obviedad y por el sesgo aristotélico de ver prioritariamente al hombre como individuo-persona, más que como miembro de la especie Homo sapiens.  Y verlo además en su nivel espiritual y moral más que en el material o físico.

Uno de las posibles causas de no ver la idea básica es que en el número 45 dice: “En su búsqueda del bien moral, la persona humana…”. Es decir que los dinamismos del número 46 son para bien moral o del espíritu, lo cual es cierto, pero parece que, para la Comisión, aportan poco al supervivir físico o material. O si aportan algo no es para tenerlo en cuenta. Es lo habitual en filósofos y teólogos.

Como amplío más adelante, estoy convencido de que la Iglesia Católica estará encantada de asumir y predicar las ideas básicas cuando las conozca: el principio ético universal coincide con sus recomendaciones. Y sirve de base para dialogar con creyentes y no creyentes sobre las normas éticas comunes. Normas morales que según recoge el documento siguiendo a Santo Tomás (53), deben estar de acuerdo “con las realidades contingentes que se desarrollan en el tiempo”. Y que con la idea básica como fundamento, se pueden acordar y hacer comunes sin que nadie deba renunciar a sus creencias: trascendentes o de otro tipo.

Marbella, 4.9.2018. Revisado el 8.10.2018

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